miércoles, 19 de febrero de 2014

¿Tiempo al Tiempo?

Me preguntas que ha sido de mi, como estoy, y que si sigo enojada. Se que todas esas respuestas las sabes. Pero el código de cortesía te obliga a preguntarlo.

Si sigo enojada, no lo sé. Tal vez no esté tan enojada como primeros meses después  de tu partida, o después de ese día que no fuiste capaz de decirme a la cara que te ibas con alguien más. Como del día que me juraste que yo era el amor de tu vida, y me dejaste en esa cama, en la que me ayudaste a recostarme después de mi cirugía de rodilla, de esa cama de la que no me podía levantar para ir a buscarte y rogar que te quedaras.

Te maldije mil veces, y mil veces te llame puta. Te culpe de mis desgracias.  Te culpe de todo, de no haber obtenido el puesto fuera de la ciudad que tanto deseaba para que te fueras  conmigo, de haber llorado, de haber engordado, de no haber progresado el tiempo que estuve a tu lado. De todo.

Pero, creo saber el momento justo que empecé a perdonarnos el haberte marchado. Aquel momento en que no pude más, el momento en que sentí que me ahogaba y que mi pecho ardía, el día en que mis ojos no dejaban de llorar de rabia.
Empecé a caminar, cada vez aceleraba mas mis pasos, y comencé a correr. No debía hacerlo en tan poco tiempo de la cirugía pero lo hice. Corrí.
Corrí, como no lo había hecho en años, quería caer. Quería ir lo suficientemente fuerte, que la rodilla cediera. Quería caer y hacerme daño para entonces culparte nuevamente. Corría cada vez más fuerte, las lágrimas no paraban y mi respiración no se agitaba porque la contenía lo más que podía.
No pasó, me detuve, no caí. Pare de correr porque me di cuenta que no iba a caer. Ya no me ahogaba. Había dejado de llorar.  Ya no podía culparte.

Tal vez te sorprendas al saber todos mis momentos después de que te fuiste. Tal vez te sorprenda que pese a todo mantenga algunas de mis promesas. Tal vez te sorprenda que aun te piense y aun te sueñe.
Y tal vez te sorprendas cuando salgas nuevamente con el maldito cliché de que el tiempo me ayudara a olvidar, y te contradiga y te corrija cuando me vuelvas a decir que eso ya tiene un año, cuando apenas han pasado 275 días.
¿Tiempo? El tiempo jamás ha sido sabio, solo es justo con los que saben ignorarlo, y yo que llevo la cuenta exacta de los días que he pasado sin ti, lo sé mejor que nadie.

De sueños y otros males

Dos días antes de San Valentín, y te apareces en mis sueños, como te apareces cada que alguien me cuenta tres días después sobre tu vida. Y es que, así suele suceder. No sé si sea un llamado, o sea una advertencia que te harás presente de nuevo, sin embargo ocurre más a menudo de lo que crees.
Era un día de oficina cualquiera, de balanceos de cartera, gastos y demás, y las cifras no me cuadran. Fórmulas van y vienen en la pantalla a través de los lentes hacia mis ojos (Si, en mi sueño uso lentes. Si, los que debo usar en la vida real).
Todos son sietes, ceros y cincos. Sietes. Ceros. Cincos. Nada cuadra, pero sigo intentando otras operaciones para me sumen otras cantidades o el resultado sea otra cosa que sietes, ceros, cincos.... ¿qué es eso?
Estresada, abro y cierro archivos una y otra vez, hablo por teléfono, pido información, me voy de la computadora a la portátil, sumo en la calculadora, y los resultados son los mismos. Adivina. ¡Exacto!, siete, cero y cinco.
Son casi las nueve de la noche, hora de ir a descansar. Todos en la oficina se despiden y dan las buenas noches, y entonces sucede.
-¡Hasta mañana!
Me quede helada, viendo el monitor. Reconocí tu voz desde la hache que es muda. Pero no me podía quedar sin voltear y verte de nuevo. Y ahí estabas, hermosa como siempre, como te recuerdo. El cabello restirado en una cola de caballo como siempre la usas, tus ojos pequeños viéndome y esa sonrisa, mi esperanza, la sonrisa más bonita que conozco. No lo podía creer, tus labios nuevamente me sonreían a mí.
No supe que hacer, no me moví, no sé si te sonreí, me quede embobada queriendo detener el tiempo.
-¡Hasta mañana!- Repetiste.
-¡Hasta mañana!- contesté. Y desapareciste del marco de la puerta, hacia donde  quede viendo por un momento. Regrese la mirada a la computadora, a la portátil, las apagué. No estaba pensando.
Acomodé mi escritorio, me levante por mi bolso y me quede frente al escritorio  imaginando lo estúpida que me he de haber visto cuando te miré, y volteé hacia la pantalla de la calculadora. Hasta ese momento el 705 tuvo sentido.